aburrirse es productivo

¿Qué hacer cuando no sabes qué hacer?

Hay algo que me llama la atención últimamente: ya casi no me aburro. Y no porque mi vida sea especialmente emocionante, sino porque en el momento exacto en el que empieza a aparecer esa sensación de «no sé qué hacer», ya tengo el celular en la mano antes de terminar de pensarlo. Y creo que no soy la única a la que le pasa esto.

Nos volvimos bastante buenos evitando el aburrimiento. Cualquier segundo vacío, la fila del banco, el semáforo en rojo, el rato antes de dormir, lo llenamos con algo. Un video, una notificación, un scroll sin ningún propósito claro. Y entiendo por qué lo hacemos, aburrirse no se siente bien. Pero cada vez pienso más que, al evitarlo tan rápido, nos estamos perdiendo de algo que en realidad es bastante útil.

La mala fama que el aburrimiento no merece

Cuando pensamos en el aburrimiento, casi siempre lo asociamos con algo negativo. Con no tener nada que hacer, con perder el tiempo, con esa sensación incómoda de estar atrapado sin estímulo. Y sí, no se siente cómodo, eso no lo voy a negar. Pero me parece que confundimos la incomodidad con la inutilidad, y no necesariamente son lo mismo.

Cuando tu cabeza no tiene ningún estímulo externo entretenido esperando, no se queda apagada. Empieza a buscar algo que hacer por su cuenta, y ahí es donde suelen aparecer las ideas que normalmente no aparecerían si estuvieras distraído con otra cosa. No es casualidad que las mejores ideas te lleguen en la ducha, manejando, o mientras haces una fila aburridísima. En esos momentos tu mente no tiene nada más urgente que atender, así que empieza a conectar cosas por su cuenta.

Por qué le tenemos algo de miedo a no hacer nada

Creo que parte del problema es que asociamos estar sin hacer nada con estar fallando en algo. Como si el tiempo libre necesitara justificarse siempre con una actividad productiva detrás. Y cuando llega un momento vacío, en vez de dejarlo vacío, corremos a llenarlo con lo primero que tengamos a la mano.

El problema de eso es que si nunca dejamos que aparezca el aburrimiento, tampoco le damos espacio a la mente para que resuelva cosas por su cuenta. Es como si nunca dejáramos que el agua se asiente, siempre la estamos removiendo, y entonces nunca se aclara.

Cómo se ve esto en situaciones cotidianas

Piensa en los niños. Cuando un niño dice «estoy aburrido», casi siempre termina inventando algo: un juego con reglas que no existían antes, una historia con los muñecos que tenía tirados por ahí, una construcción con lo primero que encuentre. No porque alguien se lo haya enseñado, sino porque cuando no hay nada más que hacer, el cerebro empieza a crear su propio entretenimiento.

Y con los adultos pasa algo parecido, solo que lo notamos menos. Esa idea que se te ocurre mientras caminas con el perro sin pensar en nada en particular. Esa solución a un problema del trabajo que aparece mientras lavas los platos. Ese proyecto personal que empezaste a imaginar en un viaje largo donde no había señal de internet. Todo eso pasa porque, sin darte cuenta, le diste a tu cabeza un rato libre para pensar sin dirección.

Y en el trabajo, ¿cómo se aplica esto?

Aquí me parece que hay algo interesante. Muchas veces intentamos forzar la creatividad metiéndonos en una sala a «hacer una lluvia de ideas», con la presión de que en esa hora tienen que salir ideas buenas. Y a veces funciona, pero muchas otras esa presión termina bloqueando más de lo que ayuda.

En cambio, esas ideas que terminan siendo las buenas suelen aparecer en los momentos donde menos se les está exigiendo. En el camino de vuelta a casa. Mirando por la ventana con la mente en blanco. Tomando un café sin ninguna otra intención que tomar el café. No estoy diciendo que haya que eliminar las reuniones de trabajo, pero sí que quizás valdría la pena dejar de ver los espacios vacíos del día como tiempo perdido, y empezar a verlos como parte del proceso.

¿Entonces qué se hace cuando no sabes qué hacer?

Tal vez la respuesta más honesta es: nada, por lo menos al principio. Dejar que ese rato incómodo exista sin llenarlo de inmediato. Algunas cosas que me han funcionado para permitir eso, sin sentir que estoy desperdiciando el día:

  • Dejar el celular en otro lado por un rato, aunque sea diez minutos, cuando aparezca ese momento de «no sé qué hacer». No para hacer algo más productivo con ese tiempo, sino simplemente para no llenarlo de inmediato.
  • Hacer tareas mecánicas sin distracciones de fondo. Lavar los platos, ordenar un cajón, caminar sin audífonos. Cosas que ocupan las manos pero dejan la cabeza libre.
  • No perseguir la idea, solo notar cuándo aparece. Muchas veces la mejor idea no llega cuando la estás buscando activamente, sino cuando estás haciendo otra cosa completamente distinta.
  • Aceptar que el aburrimiento se va a sentir incómodo antes de sentirse útil. Es normal que al principio solo se sienta como estar perdiendo el tiempo. Eso no significa que lo estés perdiendo de verdad.

Al final

No creo que el aburrimiento sea algo que haya que buscar todo el tiempo ni convertir en una nueva obligación (eso sería caer en lo mismo de siempre, solo que disfrazado). Pero sí creo que vale la pena dejar de temerle tanto. La próxima vez que no sepas qué hacer, tal vez la respuesta no sea buscar algo con qué llenar ese momento, sino dejarlo un rato como está, y ver qué aparece.